—Sí, eso es muy importante—murmuró Rozsahegy, sin convicción.

—Papelitos impresos—murmuró Coen.

—¡Oro! ¡El oro caerá en la Bolsa como el maná en el desierto! El ministro lo ha prometido. ¡Será el maná, y los israelitas no se morirán de hambre!...

—Eso no dudo—insinuó Coen, burlón.

—Y... eso, ¿usted tiene confianza, entonces?—preguntó Rozsahegy con aire extremadamente candoroso.

—¡Absoluta!

—Yo también—apoyó don Estanislao, entre sonrisas indescifrables.—Yo también... por ahora.

Y llamó á Eulalia para decirla que hiciera servir el té, poniéndola así á mi alcance fuera de oídos indiscretos.

Me acerqué á ella y entablé el coloquio proyectado.