—¿Conque, soy un oso, no?

—«Silvestre», sí, según se dice.

—¡Vamos, Eulalia! Dejemos los árboles, y yo le demostraré que soy, por el contrario, una fiera domesticada. ¿No me cree usted capaz de abandonar la arboricultora para dedicarme al cultivo de las flores?

—¿De qué flores?

—De las más hermosas, las más gallardas, las más perfumadas... Usted, por ejemplo.

—¡Oh!—y el rubor le invadió las mejillas, mientras que un ligero calofrío le corría de los pies á la cabeza.

—Ni el momento ni el sitio parecen oportunos, Eulalia: pero, sin embargo, son favorables para quien no puede aguardar más. Hace mucho que tengo que decírselo: La quiero... Y usted, ¿me quiere?

Le clavé los ojos; ella no desvió los suyos, humedecidos y vagos. Buscó el botón de la campanilla, tras de su espalda, con la mano izquierda, como para disimular su turbación, y no pudo menos que tenderme la derecha, que sentí trémula de emoción en la mía, seca y febril.

—¿Está dicho?

—Sí.