—Ahora... cuando entren á tomar el té.

Mentira; no deseaba que estuviéramos solos. Me sonreía, por el contrario, aquella declaración en plena sociedad; ésta justificaba la falta de arrebatos románticos y me permitía no buscar frases y actitudes artificiales y dramáticas. Me gustaba Eulalia, me había prendado desde el primer momento, pero me era imposible encontrar para ella frases arrebatadoras, explosiones de pasión. Tras de la princesa de cuento de hadas, veía los dos ogros que entibiaban mi ardor, como una amenaza.

Cuando los invitados pasaron al comedor, nos quedamos un momento en la sala, desierta y rutilante de luz. Muy ruborizada, con las manos caídas, torturando el abanico de nácar, la niña esperó.

—¡Está usted deslumbradora esta noche!

—No quisiera...

—¿Por qué, mi Eulalia?

—Porque lo deslumbrante no se ve.

—¡Ah, coqueta! Y usted quiere ser vista...

—Sí. Con todos mis defectos y todas mis fealdades... para que después no venga el arrepentimiento.