—Usted no tiene ni defectos ni fealdades...

—Quizá sea que no se ven ahora...

—Para mí no existen... No existirán nunca, Eulalia.

—¿De veras?—murmuró, casi burlona.

—¡No se ría!... ¡La quiero con el alma!

Se puso seria, muy seria, de una gravedad insólita para decirme:

—Yo también á usted... Pero me aflige pensar... en la arboricultura y otras cosas.

—¿Y usted puede creer?... Habladurías, malevolencias.

Me miró sonriente esta vez, tranquila, vencedora, y preguntó con intención: