—No, pero... ¿Qué cree usted que pensaría la mujer de César?

—No colijo...

—Pues... que César no debería ser sospechado, él tampoco.

La miré como haciéndola un montón de promesas y juramentos, y, por fin, murmuré, decisivo:

—Es preciso que me autorice...

—¿Á qué, Mauricio?

—Á pedirla á sus padres.

Fijó en mí los ojos, tan vagos, tan empañados que temí verla desmayarse.

—Sí, Mauricio—murmuró apenas.

Y el «Mauricio» sonaba en su boca como una caricia de sus labios, porque ese nombre, mi nombre, debía haber sido besado mil veces al pasar por sus labios, aunque su estructura parezca no prestarse al beso tanto como otras, Pepe, por ejemplo, que son dos besos seguidos.