—¡Pues, esta misma noche!—dije.—Mañana... á más tardar...
El grupo de los jóvenes, viendo que la montaña no se acercaba á ellos, se acercó á la montaña, saliendo del comedor. Fuí buen príncipe, ayudando á formar la rueda y reanudando la conversación general, de modo que Eulalia pudo recobrar su sangre fría. La señora de Coen me lanzó una indirecta como un mazazo:
—¡No hay como la soledad para los idilios!
—Oh, señora, cuando yo tenga un idilio, le aseguro que estaré más y menos solo que hoy.
—No entiendo...
—¡Eh! así son los idilios... nadie los entiende, sino el que los hace ó el que goza de ellos... Los demás, cuando mucho, aciertan á echarlos á perder, por indiscreción ó por... competencia.
Se mordió los labios, y oí que se juraba en silencio, vengarse de mi impertinencia.
Al despedirme, pedí á Rozsahegy una entrevista para el día siguiente.
—Vaya á mi escritorio, á cualquiera hora.