—Dentro de dos días, sin falta, don Estanislao—observé.—Tengo que ir á mi provincia lo más pronto posible.

Dos días después, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente. Á las ocho en punto, un lacayo abrió de par en par las puertas del comedor, donde estaba la mesa tendida, con gran lujo de flores, de cristales y de vajilla de plata. Entramos, dando el brazo á nuestras parejas. La mía, en la circunstancia, era, naturalmente, Irma. Sólo Rozsahegy se quedó atrás, como haciéndonos la guardia, y fuímos desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecían decirnos:

—Miren ustedes cómo se hacen las cosas, y digan después que soy un patán enriquecido... Sí, yo, el antiguo peón, el «changador» miserable, soy ahora un gran señor con mucho estilo, y esos muebles principescos, y ese mantel con encajes, y esa vajilla de plata—de plata legítima y maciza,—y esas orquídeas maravillosas, y esos cristales tallados, que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como pétalos de flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos brillan como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se derramara sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso y mucho más es mío... Y mucho más; porque, si mi mano, un poco torpe aún, volcara sobre la mesa el Oporto de cincuenta años, como antes el chacolí ó el espeso vino negro griego de las tabernas, llamaría á mis lacayos y haría cambiar en un momento la decoración, con más encajes, y más plata, y más cristales, y más porcelanas, y flores más hermosas, y todavía podría exclamar con mi gruesa voz alegre:—«¡Rompa, rompa, que está pago!»

¡Y ningún orgullo semejante á aquél!

Yo había dado, pues, el brazo á Irma, conduciéndola á su asiento en una de las cabeceras de la mesa, y fuí, menos Rozsahegy, el último en ocupar su sitio. No habían puesto tarjetas indicando la colocación de los convidados, y Ferrando, no sé si distraído ó presuntuoso, quiso sentarse junto á Eulalia. Irma, que vió esto, corrió hacia él, le golpeó amistosamente el hombro, y le dijo:

—Permite, permite...

Y cuando el otro se apartó, desconcertado, me llamó á mí, indicándome la silla y diciendo:

—Sienta... sienta aquí... Al lado novia.

Tal fué el parte oficial de nuestro compromiso, que aguó el probable discursito de Rozsahegy.

Eulalia se moría de vergüenza... y yo también, porque jamás me he visto en una situación más ridícula, situación que hubiera sido intolerable, sin el desconcierto del infeliz Ferrando, que no sabía lo que le pasaba ni cómo debía tomar semejante salida. Lo miré, y unas atroces ganas de reir me asaltaron de pronto, haciéndome olvidar mi propia desventura. Ferrando, ciego, buscaba dónde sentarse, tropezaba con muebles y personas, sin comprender que nadie le observaba sino yo y la señora de Coen, y pensaba evidentemente en marcharse á la francesa, como gato escaldado, cuando ésta última, compadecida ó resuelta á consolarse con él de mi indiferencia, lo llamó junto á su redonda persona, á sus ojillos miopes y parpadeantes, á su traje de colores deslumbradores, á sus manos regordetas anquilosadas por los anillos, á su descote en que los brillantes parecían agua de manantial en la sima de un profundo barranco.