Y, á los postres, la voz de Rozsahegy retumbó como un trueno, haciendo retemblar hasta aquellos mismos peñascos de carne:

—¡Traiga champaña! ¡Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica Eulalia y don Mauricio Comes Herera!

¡Oh, manes de mis antepasados! ¡Qué satisfechos debisteis sentiros en aquel momento! Y, al fin y al cabo, ¿por qué no? Si no entonces, lo habréis estado más tarde, al ver unida á la fuerza del conquistador que ante nada se detiene, esa otra fuerza más pura y distinguida que proviene de vosotros...

No hay que buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia, donde, salvo algunos, todos tenemos abuelos mercaderes ó artesanos. Y nuestros antepasados más nobles no se quejan. Ellos mismos lo han dicho en sus declaraciones doctrinarias: todos somos iguales, y un detalle de educación no es cosa que pueda conmover sus huesos en la gloriosa tumba... Además, Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es hoy, una gran señora, porque como vosotros, ¡oh, abuelos míos!, hijos de europeos también, nació en esta tierra de belleza y de intuición...

En suma, cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el «menú» había sido desbordante. Una taza de café ó de té, enormes cigarros habanos, licores, más champaña para los que lo deseaban—Coen, el político influyente, Ferrando, el otro «high-life», varios jovenzuelos;—bombones para las niñas; monadas de madama Coen, dirigidas ya abiertamente á Ferrando, con abandono de mi humilde persona; una ó dos frases pseudo amables, pero bien perversas, de la «demoiselle de compagnie», sobre la demoníaca maldad de los hombres y lo inane de las riquezas; lagrimitas de mamá Irma; rubores y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de Rozsahegy; cálculos tele-futuros de Coen—vidente de lo que yo podría ser con mi nombre y con «nuestra» fortuna al cabo de diez años,—sonrisas entendidas de los mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde y la Calandraca, puntos de reunión en aquel tiempo de lo más granado de la sociedad oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los sirvientes de librea, ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs y bombones á los comensales de un patrón que fué quizá su camarada; un poco de música, unas vueltas de vals...

Se marcharon, al fin, todos aparentemente contentos, excepto la «demoiselle de compagnie», más que nunca deseosa de ser actriz y no espectadora; los elegantes que hacían el inventario de la fortuna de Rozsahegy; el político sin prestigio que hubiera dado generosamente esta negación á cambio de los millones rozsaheguianos; la mujer de Coen, que había debido cambiar el programa y postergar la data de sus deseados estudios psicológicos; algunos otros... y nadie más, porque ya el resto era de la «familia», salvo Coen, quien, al fin y al cabo, «sabía» que «sabía» sacar provecho de todas las circunstancias.

El «tête à tête» con Eulalia que siguió á la fiesta fué encantador, pero corto. Aquella virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta me hacía olvidar, en esos minutos, que al pedir su mano sólo había obedecido á un rapto de despecho, á un impulso de orgullo satánico. Estaba enamorada de mí, y nada embriaga tanto á un hombre como verse querido incondicionalmente. Es como si tomara á grandes copas el más capitoso de los licores. ¡Ah, si María!...

—¿Cuándo piensa usted casarse?—me preguntó Rozsahegy, acercándoseme.

—Lo más pronto posible, don Estanislao.

—También á mí me gusta. Eulalia es rica, más rica que usted (no lo digo por mal), porque... Venga un poco aquí y le diré.