Me tomó aparte, y continuó:

—Porque usted tiene...

Y me dejó boquiabierto, presentándome de memoria un inventario de mi fortuna, que yo mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomándome dos meses de tiempo para buscar los datos y ordenar los papeles. Total, realizando en aquel momento, mi capital ascendería, por lo menos, á un millón seiscientos ó setecientos mil nacionales. Ahora bien, habría que rebajar la deuda á los bancos (pero ésta no era de preocuparse), y considerar que yo no tenía renta alguna, sino el simple aumento por la especulación. Pero eso no importaba. Eulalia tenía rentas de sobra, y yo, con «dejar dormir» mis propiedades, me despertaría una mañana poderoso.

—«¡Déquese estar! ¡déquese estar!»—me repetía Rozsahegy, sonriendo con su ancha cara rojiza y bigotuda de mozo de cordel.—En este país, para ganar plata, lo mejor es no hacer nada, nada, nada, sino esperar las gangas. Para hacerse rico «trabacando», hay que ser muy vivo y no tener «sonserías».

Divertido, y, al propio tiempo, vejado por esto, quise poner término á los desarrollos económicos de mi suegro futuro, diciéndole:

—¡Pero don Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque la quiero, no por otra cosa. Es la niña más bonita y más espiritual de Buenos Aires.

—Eulalia Cómez Herera—exclamó sentenciosamente el viejo,—es una cosa. Pero si Eulalia Cómez Herera no tuviera más que lo que tiene el marido, sería otra cosa. Eulalia Cómez Herera, hija de Rozsahegy, es una gran persona, y el marido también, y el padre también.

—¡Oh, sí!—exclamó Irma, corriendo otra vez á abrazarme.

Eulalia se moría de vergüenza y de amor. Yo tenía unas ganas locas de echarme á reir. Pero besé á Eulalia en la frente, abracé á la suegra, estreché la ancha y velluda pata sudorosa de Rozsahegy y me despedí, diciendo:

—Mañana salgo para mi provincia. Allí estaré dos ó tres días, nada más. Entretanto, comenzarán á hacerse todos los preparativos para el casamiento.