—¡Se va!—exclamó Eulalia, como si obscureciera de repente.

—Pero escribiré, querida—le dije al oído.—Si me voy, es precisamente para que seamos felices más pronto...

Cuando me marché, parecióme que aquel palacio olía á grosera felicidad, como un local dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana en orgía. Eulalia era allí como una flor olvidada que se agotaba en la atmósfera caliginosa.

VI

¡Golpe por golpe! Las circunstancias me permitían vengarme sin sufrir, más que sin sufrir, ganando en cambio. ¡María!... ¡Vázquez!... ¡La cara que iban á poner en cuanto supieran que, conquistando una de las mujeres más hermosas de Buenos Aires, conquistaba, también, una fortuna que me ponía fuera de todo parangón: Mauricio Gómez Herrera, gran familia, gran posición, gran talento, gran fortuna!, ¡todo! ¡Oh, circunstancias, amigas mías! ¡oh, santo oportunismo, oh, propicia fatalidad, que llevas de la mano hacia todos los triunfos y todas las cumbres á los elegidos de tu capricho!... ¡Y la venganza!...

Sin embargo, la mañana siguiente me trajo un rato de malhumor. Eran las once, cuando mi «valet de pied» se atrevió á despertarme con una serie de discretos golpecitos á la puerta de mi dormitorio.

—Una señora espera en la sala...

—¡Imbécil! ¿no te he mandado que me dejaras dormir?

—Son las once, señor, y don Marto me ha dicho que podía despertarlo.

—¡Ah, bueno! ¿Quién es?