—Una señora. No ha dicho su nombre.
¡Tantas señoras!... ¿Un sablazo matutino? ¡Bah! «Noblesse oblige».
Sobre el pyjama me puse la «robe de chambre», y me dirigí serenamente á la sala, seguro de que el sablazo más feroz no podría interesar sino la superficie de mi coraza, reforzada por Rozsahegy.
¿Quién es? No la conozco. Porte distinguido, ojos negros y severos, traje elegantemente cortado, sombrero de buena marca, ni una alhaja, nada que choque al gusto más refinado.
—Señora... usted disculpará; pero, por no hacerla esperar... ¿Á quién tengo el honor?...
Se había puesto de pie al verme entrar, con una actitud desconcertada, como si sólo esperara mi presencia para marcharse, más que como demostración de respetuosa cortedad.
—He vacilado mucho antes de venir—murmuró,—y ahora veo que tenía razón en vacilar, puesto que ni siquiera me conoce.
El ceceo me la reveló.
—¡Teresa!—exclamé, atolondrado, sin acertar á moverme ni á decir más.