—¡Imbécil, torpe! ¿No te he dicho que hicieras mis valijas?

Desapareció á tiempo, pues mi puntapié hizo que la hoja de la puerta le golpeara las espaldas. Y, enervado por aquel arrebato demente é inútil, me senté en un sofá, mordiéndome los puños, me levanté, hice pedazos la tarjeta, sin leerla, corrí como un loco alrededor de la sala, dando puñetazos á los muebles, y de repente me calmé, me eché á reir, y fuí á vestirme, completamente tranquilo, repitiendo un refrán que don Fernando Gómez Herrera, mi señor padre, solía decir á menudo: «Lo que no tiene remedio, remediado está».

VII

Dos horas después, en el tren que me conducía á mi provincia, pensaba en aquella nueva Teresa que era como el símbolo de toda la perfectibilidad de nuestra raza, y me repetía:

—¡Si uno pudiese saber á tiempo!

Pero ¡bah! nunca se puede desandar lo andado ni desvivir lo vivido. ¿No obraban los demás, conmigo, con igual desparpajo? María, por ejemplo... ¡Vaya! ¡en la guerra, como en la guerra! No hay otro remedio que el de amoldarse á las circunstancias, y entre varios males elegir el menor... cuando se puede elegir.

¡Extrañas antinomias! ¿Quién explicará jamás que, en mi fatalismo, no hiciera yo aquel viaje sino para representar ante María Blanco una escena análoga, sino igual á la que Teresa Rivas acababa de representar ante mí? ¿No iba, únicamente, á echarle en cara su falta de palabra, y á afirmar mi superioridad de varón declarándole que yo había faltado antes, al comprometerme con Eulalia Rozsahegy?

Hoy creo que nunca he hecho una serie más larga y disparatada de locuras, y tanto me escuece este recuerdo, que nunca lo escribiré en toda su amplitud. Me había cegado el éxito de todas mis empresas, y mi orgullo crecía tanto más cuanto que, en la realidad, era más mediana mi situación intelectual, social y moral en Buenos Aires. Instintivamente sentía, pese á las adulaciones y los triunfos visibles, que se me hacía poco caso, quizá menos del que yo merecía en realidad, porque, al fin y al cabo, modestia aparte, estoy bastante arriba del término medio de mis contemporáneos. Esto explica bien naturalmente la exasperación de mi amor propio...

Caí como una bomba en casa de Blanco. Era por la tarde. En la vasta sala en que parecían naufragar los viejos y pesados muebles provincianos, sentada junto á la ventana, y bordando un pañuelo, estaba María. Frente á ella, un hombre: Vázquez.

Sentí que toda la sangre se me subía á la cabeza, pero haciendo un titánico esfuerzo, me dominé, y con risa sardónica acerquéme á la joven, haciendo como que no veía á Vázquez, tranquilo y grave, y sin ver en realidad al viejo Blanco, que estaba en la sombra.