—¡Mauricio!—exclamó María con un tono de cándida satisfacción que me sorprendió.
—En persona—dije, inclinándome con exagerada reverencia.—Ardía en deseos de saludarla, señorita.
Y girando rápidamente sobre mis talones, me volví á Vázquez y dije, provocativo:
—¡Y á ti también!
Entonces vi á don Evaristo que acababa de ponerse de pie y me tendía afectuosamente la mano. Esto me desconcertó un poco, retardando la explosión de mi rabia.
—Señor Blanco...
Hubo un silencio, porque todos sentíamos que la situación era violenta y tempestuosa. En este corto intervalo cobré bríos, y dije:
—He querido venir personalmente á anunciarles mi próximo enlace con Eulalia Rozsahegy, una de las...
Tres exclamaciones, dos de sorpresa, una de angustia, me interrumpieron. Vi que María se había puesto intensamente pálida y que estaba á punto de desmayarse. Los dos hombres, mudos, la miraban y me miraban, inmóviles en su sitio.
De pronto, María Blanco se levantó, de una pieza, como si fuese de acero, dió un paso hacia mí, pálida mortal, me miró á los ojos, dijo con esfuerzo «Muchas felicidades», y salió como una sonámbula.