Don Evaristo se lanzó hacia mí, pero Pedro lo detuvo, me asió del brazo y me sacó de la sala, diciendo al viejo:

—Deje usted... Todo esto se arreglará... se arreglará...

Cuando estuvimos en la calle:

—¿Qué has hecho?—me preguntó.

—Mi deber. He leído la noticia.

—Es una infamia, un chisme de aldea, una calumnia para enfurecerte y hacer daño á María. ¿No has recibido su carta?

—¡No! ¿Pretendes reirte de mí?

—¡Mauricio! ¡Esto es una desgracia! ¡Esto es un infortunio causado por una perfidia! Yo te juro, te juro que hasta hoy no había vuelto á poner los pies en esta casa. Han jugado conmigo, contigo, con María, ¡pobre María! ¡Si me has encontrado hoy allí, es porque he venido de Los Sunchos, donde estaba, á buscar el modo de castigar esa infamia y evitar sus desastrosos efectos! Créeme ó no me creas; no te doy explicaciones; no hago sino decirte la verdad. Es una canallada sin nombre, de las que sólo se ven en estas sociedades inorgánicas, donde los espíritus maléficos encuentran terreno propicio para sus hazañas. Al chisme se agrega ahora, gracias á los periodicuchos inmundos, la noticia, inocente en apariencia, pero cargada de veneno. ¿Te callas? ¿no me dices nada?

—Ya es tarde—repliqué.—Te creo, pero ya es tarde.

—¡Cómo! ¿Lo de tu compromiso es cierto?