—De lo más cierto del mundo. Y no sé cómo puede componerse todo esto...
Calló largo rato, y, al cabo, meneando la cabeza, sin dolor, sin alegría, dijo, como contestando á mi última frase:
—Yo sí.
—¡Yo también!—exclamé, riendo forzadamente, y encogiéndome de hombros.
Y, doblando una esquina, á que llegábamos, añadí, con sorna:
—¡Muchas felicidades, como dice María!
Se quedó clavado, y yo me fuí sin volver la cabeza.
Mis bodas, meses más tarde, fueron todo un acontecimiento social en la capital de la República. La bendijo uno de los príncipes de la Iglesia, á quien fuí á pedírselo por indicación de mi suegro, que deseaba verme en buenas relaciones con el alto clero. Yo asentí, naturalmente.
—La fe es una de las columnas más robustas de la sociedad—pensaba,—y cuando en Los Sunchos y en la capital de mi provincia quise desviarme de ella, hasta ponérmele en contra, no veía que atacaba mis propios intereses, mi propia personalidad. Después, cuando me reconcilié con la Iglesia, no lo hice con toda la intensidad, con toda la exageración que debía, y seguí siendo indiferente, salvo las apariencias. Ahora hay que reaccionar y rehacer el camino. El pueblo necesita una disciplina: aquí la tenemos hecha. Ninguna más fácil y eficaz que la religión. Yo, Alcalde, de acuerdo con el cura, haré de mi aldea lo que se me antoje. Yo, Gobernador, haré con el diocesano lo que creamos preciso. Yo, Presidente, haré con el arzobispo cuanto se nos ocurra... Éste es el único peligro: el «nos». Sólo Rosas supo meterse al clero en el bolsillo; porque á Rivadavia lo «voltearon» ellos... ¡En fin! no me ha llegado el caso, no estoy á tales alturas... Si llego, ya veremos... Entretanto, bueno es estar de ese lado...
Y fuí á visitar á Monseñor, para pedirle que nos echara la bendición nupcial. Me sorprendí al verle. Era un hombre de tipo sensual y gastado, de cutis terroso y lleno de precoces arrugas, labio inferior grueso y colgante en la ancha boca cortada como un tajo, ojos pequeños, móviles y húmedos, narices chatas y muy abiertas—un mulatillo, hubiera diagnosticado misia Gertrudis.—Su historia era vulgar. Siendo simple cura y redactor de un diario católico de su provincia, hizo gran campaña en pro de un candidato á Gobernador que, una vez triunfante, le pagó sus servicios con una protección decidida y halló medio de enviarlo á Buenos Aires en las mejores condiciones de figurar. La ayuda oficial le facilitó sus ascensos en la corte de Roma, al mismo tiempo que le daba grande influencia en la sociedad bonaerense. Hombre de mundo, al par que político y religioso, dedicóse especialmente á conquistar las familias patricias, por medio de las mujeres, y alcanzó brillantes resultados en esta empresa. Se le veía en todas partes, en los salones, á la cabecera de los moribundos ilustres, en las fiestas oficiales, y él era quien bendecía la unión de los favorecidos del nombre y la fortuna, él quien bautizaba á los futuros próceres.