—¿Quién es el padrino?—me preguntó.

—El Presidente de la República.

—¡Ah, ja! eso está bien... ¿Y la madrina?

—Mi tía Mónica Vallmitjana, ya sabe, Monseñor, es de la ilustre familia catalana que...

—¡Ah! ¿Una señora perlática?

—La misma.

—¡Bien! ¡Vaya en paz, hijo! Tendré el mayor gusto en casarlos... Y diré unas palabritas en la ceremonia.

El día de nuestra boda, la gran nave central de la Metropolitana se vió llena de lo más granado de la sociedad, y el lujo que allí se desplegó hizo época, tanto como el célebre baile de la Bolsa en que se robaron los sobretodos y los abrigos...

Mucho más modesto fué, varios meses después, en la iglesia matriz de aquella dormida ciudad provinciana, el casamiento de Pedro Vázquez con María Blanco.

—¡Muchas felicidades!—como dijo María.