—Sí, queridita: mi pobre vieja es tal y como te la imaginas. ¡Lástima que no haya podido asistir á nuestro casamiento! De seguro que, apenas te viera, te querría á ti más que á mí, si es posible.
—¡Oh! ¡eso no! Pero iremos á verla, ¿quieres?
—En cuanto sea posible... El verano próximo. El viaje es largo y molesto.
—¡Eso no importa! ¡hay que ir!
Mes y medio delicioso pasamos en aquella ciudad encantadora, en que apenas conocíamos unas cuantas personas que nos dejaban discretamente la más amplia libertad. Al cabo de este tiempo, comencé á encontrar algo monótono nuestro continuo «tête-á-tête», y á echar de menos el movimiento y la acción de Buenos Aires. Leí con más atención los periódicos, escribí y recibí cartas, y me dije que el momento era llegado de reanudar la vida activa, porque todas las noticias venían á alarmarme. Eulalia intentó una ligera oposición:
—¡Estamos tan bien aquí! Tiempo tendrás de dedicarte á los otros. Ahora te quiero todo mío, segura de que me descuidarás en cuanto estemos en Buenos Aires.
Pero se convenció de que era preciso regresar en cuanto le describí la situación como yo la veía. Los opositores agitaban el pueblo sin tregua ni descanso; el combate arreciaba en toda la línea; el Presidente de la República tenía necesidad hasta de sus amigos más insignificantes en los puestos avanzados; el descontento cundía, á pesar de esfuerzos tan extraordinarios como una gran reunión de los jóvenes, declarándose dispuestos á sostener al Presidente sin condición alguna, hiciera lo que hiciera.
—No tengo el ánimo tan tranquilo como mis correligionarios. Todo me huele á tormenta, y aunque yo poco he de perder, me gusta ver cómo van desarrollándose los sucesos, para que no me tomen de sorpresa.
Volvimos á Buenos Aires, y mi primera visita fué para el suegro, el mejor de los informantes.
—La situación es aparentemente sólida—me dijo Rozsahegy, en su media lengua.—El Presidente cuenta con todos los Gobernadores de provincia, con la inmensa mayoría de las Cámaras, con todo el ejército y toda la escuadra, con una policía aguerrida y resuelta, con diarios que defienden todos sus actos. ¡Muy bien, perfectamente! Este conjunto parece demostrar que está firme en el poder, pero hay vagas señales de que no es así. La Bolsa se muestra recelosa. Muchos economistas y aun simples comerciantes encuentran que se abusa del crédito. Los diarios de oposición exageran los ataques, sembrando una gran desconfianza en el público. Todo esto parece nada, pero es mucho para el que sabe ver más allá de sus narices. Si no fueras «mi hico»—agregó tuteándome, pues me trataba indistintamente de tu ó de usted,—no te lo diría, pero... ahí está... Es bueno que te dés cuenta de las cosas antes que los demás. ¡Para algo soy tu suegro, tu suegro Rozsahegy!...