Y después de una pausa, agregó:

—Hay que andar con mucho «oco». Un derrepente, ¡cataplúm!

No dejaron de alarmarme estos informes, pero me alarmó mucho más todavía la observación de que la política del Presidente no satisfacía al mismo partido que lo elevara al poder, y de que algunos de sus miembros más conspícuos se retiraban á cuarteles de invierno ó se plegaban más ó menos abiertamente á la oposición.

—¡Cuando las ratas se van, señal de que el barco hace agua!—me dije.

Pero no eran precisamente las ratas las que desembarcaban, sino los marineros, y hasta los pilotos. Á esta deserción contribuía de un modo visible la guerra que desde un principio se había hecho al mismo exjefe de nuestro partido, cuya voluntad creara aquella situación, y que continuaba aún, tratando de suprimir hasta los últimos restos de su prestigio y de su influencia. Siguiendo esta política inútil y equivocada, se llegó á extremos tontos. Uno de los allegados al Presidente, el mismo que años más tarde iba á ocupar elevadísimas posiciones, se ensañó contra él en el diario oficioso, tratando de demostrar que era un muñeco insignificante, un pobre individuo presuntuoso y ridículo, á quien sólo el azar de las circunstancias había podido dar cierto relieve. Hasta entre los militares comenzaban á notarse síntomas amenazadores. Entretanto, la única situación provincial que permanecía fiel al viejo jefe caía derrocada por una especie de revolución que organizara el mismo Gobierno Nacional, con soldados del ejército disfrazados de particulares. Algunos partidarios se retiraron, pues, y sin hacer abiertamente buenas migas con la oposición, dejaron ver que, en caso de una revuelta, no se pondrían de parte del Presidente. Otros entraron resueltamente en las filas enemigas.

Se pensará que ante este cuadro y con tales perspectivas me apresuré á decir «ahí queda eso» y á abandonar al Presidente para no caer con él, si caía, como era ya muy probable. Pero quien tal crea no me conoce. Hilo más delgado que todo eso. Sin que me preocuparan mis deudas á los Bancos, que podrían apretarme el torniquete en caso de defección (hasta cierto punto apenas, pues la mayor parte de mis letras no estaban firmadas por mí); sin que me moviera ningún motivo sentimental, rechacé la idea de pasarme á las filas contrarias desde el punto en que se presentó á mi imaginación. No era ése el papel que me convenía. Si hubiese ocupado el puesto eminente con que soñé al venir á Buenos Aires, si fuese uno de los hombres de alta significación de la época, no digo que no me hubiera convenido una actitud de héroe salvador del país, tanto más cuanto que podría adoptarla sin arriesgar nada ó muy poco—los situacionistas que cambiaron de casaca no se cuidaron de devolver previamente lo que habían comido;—pero, dada mi relativa insignificancia de hombre de tercero ó cuarto término, casi perdido entre la multitud, y que apenas conquistaría un miserable ascenso en las filas contrarias, no había ventaja alguna para mí en la maniobra. Lo útil, lo verdaderamente provechoso era pasar inadvertido, permaneciendo fiel á «la causa»: con eso no tenía nada que temer, y sí mucho que esperar. Nuestro partido seguiría gobernando—por lo menos en un período de muchos años,—y salvo los que se hubieran comprometido exageradamente en aquel tiempo, todos quedaríamos en disponibilidad, y con muchas mayores probabilidades de ocupar los altos puestos.

¡Sabia política, de la que nunca me felicitaré bastante, porque mis vaticinios resultaron plenamente confirmados: los opositores tradicionales no llegaron nunca al poder, los transitorios se hicieron sospechosos y no obtuvieron más que migajas, y los amigos del Presidente que se comprometieron demasiado tuvieron que vivir largos años metidos en un rincón, esperando á que los olvidaran!

Como es de presumir dados sus antecedentes, Vázquez fué, en nuestra provincia, uno de los primeros que se plegaron á la oposición. Como yo le pidiera sus razones en uno de sus viajes á Buenos Aires, me las explicó candorosamente así:

—La política del Presidente es demasiado exclusivista y tiene el defecto capital de no contentar á nadie sino á los pocos que lo rodean en la intimidad y que no son hombres de grandes miras. Están matando la gallina de los huevos de oro. La locura de la especulación que hoy embriaga á tantos, pasará necesariamente, porque se edifica sobre arena; y, al primer desastre, todo el mundo se volverá contra el iluso que lo provoca, más por ceguera que por maldad... Y esto no puede durar mucho...

—¡Vaya un sociólogo!—pensé.—¡Más sabe mi suegro Rozsahegy que todos estos doctorcitos juntos!