Y en voz alta repliqué á Vázquez:

—Puede que tengas razón, pero yo no la veo. Digan lo que digan, el país progresa maravillosamente, y eso se debe al Gobierno actual. ¿Que tropezamos con dificultades? Siempre las hubo, y deberíamos trabajar por vencerlas, no por agravarlas complicándolas, como hacen ustedes.

Pedro se encogió de hombros.

—¡Comprendería tu ceguera si tuvieses un puesto inamovible!—dijo con ironía.

¡Un puesto inamovible! ¡Qué rayo de luz! Eso era, precisamente, lo que me convendría mientras pasaba la tormenta en ciernes. Pero, ¿cuál? No podía ser juez, porque había desdeñado hacerme dar, como tantos otros, un título de doctor en alguna caritativa Facultad provinciana, y ya no era tiempo—dada mi relativa notoriedad—de volver sobre mis pasos. Me quedaba la carrera diplomática... ¿Por qué no hacerme nombrar ministro en Europa ó, por lo menos, en uno de esos hospitalarios y divertidos países sudamericanos, donde se lleva una vida patriarcal y caballeresca, ante paisajes admirables, bajo un clima espléndido, en medio de las más sentimentales aventuras, sin nada que hacer, ni nadie que amenace la estabilidad del puesto?

¡Oh! ¡gracias por la idea, dulce Vázquez!

IX

Fuí á visitar al Presidente, como lo hacía todas las semanas, y le hablé incidentalmente de mis deseos, para tantear el terreno y guardándome la retirada. Me dijo que estaba loco, que no podía habérseme ocurrido tontería mayor. En aquellos momentos, necesitaba de sus verdaderos amigos; yo podía serle utilísimo presentando con elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de nombrarme, ni aun de permitir que me expatriara.

—Preferiría hacerte ministro aquí—exclamó tuteándome como lo hacía en los grandes momentos de expansión.—Y si la situación lo permitiera, lo haría sin vacilar, como lo haré en cuanto se calmen los ánimos. No te apures: ¡tu porvenir está asegurado! Antes de dos años serás ministro ú otra cosa semejante, y con eso se consolidará definitivamente tu situación.

Me marché perplejo, mientras una luz iba haciéndose cada vez más clara en mi cerebro. Pensaba que había poco que esperar de aquel hombre que se empeñaba en una política por lo menos enojosa para todos, y que sus promesas eran demasiado brillantes, demasiado extemporáneas.