Pocos días después marchóse á Europa uno de los hombres más importantes del país, el último vástago de nuestra raza heroica, como hubiera podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un sociólogo, un literato, un sabio, que había optado por ser un patriarca. El pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba, considerándolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por espíritu tradicional. Á mi juicio, era una especie de Cincinato, ilustrado y romántico, un hombre que había tomado en serio los idealismos de 1830. Conservo viviente la impresión de nuestro único coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera exclamación afirmativa, dubitativa ó negativa, mientras que la mirada de sus ojos muy claros, como desteñidos, no me revelaba nada de su interior y me parecía el cristal de unos gemelos asestados á mi alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detenía de pronto la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia juvenil, y narraba ó explicaba entonces, con acento al par sentencioso y blando, como un abuelo que hablara á sus nietos y les dijera la indiscutible verdad bebida en la experiencia...
—Pero...
—Es como yo le digo—insistía tranquilo y perentorio, y su memoria sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de pasado y de futuro. Era un prócer y un poeta.
Se marchó á Europa en medio de una formidable manifestación de despedida, que fué como un motín pacífico.
—¡Se da por vencido!—dijeron los que le veían como un espantapájaros, como una tácita condenación de lo que estábamos haciendo.—Á enemigo que huye, puente de plata...
—No comulga con la oposición—declararon los que husmeaban en el aire efluvios revolucionarios.
Difícil me resulta la actitud del Presidente. ¿Quiso disimular ante el pueblo? ¿Quiso comprometer al patricio, conquistándoselo con oropeles? ¿Realizó un acto de nobleza, sin segunda intención, como justiciero, ateniéndose á lo que viniera después? Cualquiera de estos motivos es loable, por una razón ó por otra, y en su actitud no careció de belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le habían «suspendido», porque hasta entonces manifestara su «voluntad» de una manera demasiado imperativa á veces.
Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis conveniencias, no estaba dispuesto á dejarme engañar por su viaje y por su mansedumbre.
—¡Sí!—me dije.—Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy, y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable. Desearía ser el gran pacificador, después de tantas revueltas. ¡Está bien! ¡Está bien! pero se va para permitir que la revolución estalle... ¡Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado... con más cuidado que nunca.
Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un sentimentalismo trasnochado, utilitario ó lírico, yo juzgué conveniente saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el más grande de los hombres de la época, porque era el más práctico. Nunca, entre nosotros se ha consultado bastante al extranjero, que será el más egoísta, pero que es también el más capaz de imparcialidad. Como no se ha consultado al criollo que se queda afuera de los negocios y la política, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de carambola: «Mirón y errarla»...