Con la más absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dotó á Eulalia, aunque se comprometía á pasarle una mensualidad crecida «para alfileres», y aun cuando tomó á su cargo todos los gastos de instalación en nuestra casa, cercana á la suya, que yo organicé y Eulalia perfeccionó en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no tenía, pues, reparo en hablarle de asuntos de interés, «cuestiones financieras», porque estábamos, respectivamente, en la independencia total.

—¿Qué piensa de la situación política... de la situación económica, don Estanislao?

—¡Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto...

Y después de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refirió á mis pequeños intereses:

—Usted no tiene que preocuparse por ahora... ¡Eh!... Pero no podrá ser rico por usted mismo hasta que pase «esto» momento... La «question» está en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio, «cuega», usted «cuega demasiao» en el Club y en el Círculo y en el Jocquey, y en las «careras»... «Déquese de historias, hombre... Guarde la platita y verá después»...

—¡Pero papá!—exclamé con mimo burlón.—¿No ve que yo tengo que vivir como quien soy, he sido y seré?...

—¡Está claro! Yo no digo nada... Pero el más «quien soy» tiene que pensar en lo que puede suceder mañana... «Vos, Cómez, tenés» una cabeza de chorlito.

¿Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? ¡Qué error! Comparando tu espíritu práctico y el mío, no sé cuál resultaría más completo. Sólo que hay formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo nunca correré tras él, como has podido hacerlo tú...

Pero lo admiré, cuando me hizo el cuadro acabado de la situación.