—¡Debe saber! parece enferma, afligida...

—¿Eulalia?... ¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.

—No. Está pálida y ojerosa, está intranquila...

—¿Le ha dicho algo?

—No.

—¿Y entonces?

Me levanté, tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.

—Hablaremos otra vez—dije.—Hay mucho paño que cortar.

—Sí, «hiquito» sí. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin consultarme antes. Sobre todo, no «vendás».