Y en voz más baja:

—Ni «pagués»... hay tiempo.

El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que volvimos á Buenos Aires, arrebatándome el torbellino de la vida, no fuí ni podía ser para Eulalia el compañero amable, despreocupado y cariñoso de todas las horas. Un desencanto, también, la afligía y marchitaba: yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal, ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino un ser común, como un actor que no sólo ha abandonado la escena sino también los bastidores. En cambio, á mí, hecho á todas las libertades del sensualismo, en los acercamientos venales ó caprichosos, la austera unión que ella consideraba única posible, me parecía insulsa y timorata. Sin tenernos en menos, íbamos alejándonos poco á poco, pues; ella, sufría, yo... filosofaba.

Quizás ahondé esta separación, cuando, al recibir días después la noticia de la muerte de mamita, y olvidando nuestras conversaciones de Montevideo, me opuse á que Eulalia fuese conmigo, pretextando las molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades, con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los funerales, que habían preparado magníficos. Allí me hice contar los últimos momentos de mi viejita.

Se había ido apagando poco á poco. Ya no andaba, sino arrastrando los pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro de mi padre. No hablaba, pero sonreía á todo, con esa sonrisa entre compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva benevolencia, total perdón... Por fin, no pudo salir, y guardó cama, siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:

—Quiero vestirme. Voy al cementerio.

Pero, incapaz de sostenerse, cayó hacia un lado; murmuró: «Fernando», y se quedó dormida para siempre.

«Fernando» dijo y no «Mauricio»; entre las dos indiferencias olvidaba mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos, porque nunca se le ha dado tanto... Pero, ¿quién me asegura que no nos confundiera á ambos en un solo nombre, no pronunciado para los demás sino para ella misma?... ¡Pobre mamita!; la lloré de veras, no acertando, sin embargo, á darle determinados relieves, como si sólo fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que provoque ni grandes alegrías ni grandes penas. ¡Pobre mamita!... Cuando la evoco, no tengo más que una sensación de penumbra y de silencio, de renunciamiento á la vida. Mi padre, don Fernando Gómez Herrera la modeló así, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. No había ni siquiera asistido á mi casamiento; yo no le escribía desde años atrás, pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de mí, y al recordarla ahora, siento que he hecho un mal negocio, ¡y que las caricias locas con que pudo regalarme, no serán renovadas por nadie en el mundo!... Y tanto me conmovió la evocación de su gran figura resignada, que pensé en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormiría también, llegada mi hora. «Esto consolará á la pobre viejita», me decía, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio... Casi un cuarto de siglo después, todavía no he realizado el proyecto...

Pero no podía yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin tener que amoldarme á mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me mostraron el pueblo, que crecía á ojos vistas y al que hubiera llegado meses después el ferrocarril... El villorrio iba transformándose, materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro de mis primeras correrías y mis primeros triunfos, perdía su carácter con los pretenciosas imitaciones de la arquitectura de las capitales. Iba á poseer aguas corrientes, cloacas, luz eléctrica, tenía algunos empedrados, gas, teatro, y sus cabezas más fuertes pensaban en hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequeña de la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo.

—¿Y para qué provincia?—pregunté.