—¡Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece!—me contestaron.
No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses querían ser gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequeña aristocracia, en fin, y no ser el departamento más alejado pero más influyente, «el bourg pourri», sino una gran entidad. ¡Bah! ¡Si ellos supieran dónde van á parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran leer en mi alma cómo calculo yo mi posición en Buenos Aires!... Pero tienen razón. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era más feliz que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin más éxito que el obtenido con las mujeres, que no cuantifican el mérito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. Sí; lo diré aunque parezca no venir á pelo: La mujer, en nuestro país, como en todas partes, es el mejor vocero, el único propagador de la fama. No se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de la vida sé que quien la ha descuidado, ha caído necesariamente en el olvido, y que quien la cultivó, por ínfimo que fuese, ha llegado á las alturas, porque más tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes—como dicen que dijo Rosas,—y porque, como no envidian á los hombres, ni los desdeñan, tienen para la mercancía de su agrado recomendaciones entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...
Cuando volví á Buenos Aires, cumplidas las fúnebres ceremonias, reanudé mi vida de agitación.
Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era cierto, pero no me inquietó. Me consideraba fuera de todo peligro, gracias á mis méritos físicos é intelectuales, pese á todos los ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradición y la crónica escandalosa de nuestra época... Eulalia, tan fina, tan discreta, podría y debería ser una gran señora en el momento oportuno, que no había llegado todavía. ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres? ¿Cómo fundar ó refundar una aristocracia con los Rozsahegy á la rastra? Yo tenía fuerzas suficientes para imponer á Eulalia, pero no á Irma y á don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería. Eulalia, á veces, parecía comprenderlo; otras, su ambición rompía todo lazo: pero era una ambición hacia mí, no hacia la sociedad, y esto me hacía desgraciado.
—María haría lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de triunfo—me decía yo.—Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al fin, es de una vieja y respetable familia del país. Pero, justamente, Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de María, es la única que no puede exigirme que la imponga á esta sociedad, por mezclada que esté, porque no he de llevarla á los «bailes de la Bolsa» ú otros «peringundines», sino precisamente á los salones tradicionales que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos recibieran mal.
Mi tía Mónica, aquella excelente dama que había quedado soltera porque un médico, allá en su juventud, le cortó un músculo del cuello y la dejó para siempre con la cabeza bamboleante, como una perlática, mi madrina de casamiento, en fin, me ilustró el punto casi con tanta crueldad inhábil como la del cirujano que la mutilara agostando su juventud, su gracia y su talento de mujer.
—Tenemos, sí—me dijo,—la aristocracia del dinero; pero es superficial, mientras no desaparecen los que lo han ganado directamente. Recuerda, Mauricio, el dicho de aquel extranjero en Colón, al ver cuajada de diamantes nuestra más alta sociedad: «¡Muy hermoso, pero huele á bosta!» Todos somos descendientes de negociantes ó estancieros; eso lo sabemos muy bien. Pero todo el mundo se esfuerza para hacerlo olvidar, y en tal caso, el que está más lejos de su abuelo pulpero, tendero, zapatero ó criador, es el más aristócrata. Tú, con tu casamiento, has perdido dos ó tres peldaños, porque el patán de tu suegro vive, y se muestra demasiado... Es un «carcamán», y eso no se te perdona.
Mauricio Gómez Herrera, sin el «carcamán», sería como algunos de sus primos ó sobrinos, que, sin dinero, y aunque puedan, por excepción, tener talento, no son sino pobres aspirantes ó infelices descontentos, socialistas, anarquistas ó cosa por el estilo...
¡Qué mi tía Mónica!