El juego, las mujeres, los paseos y la controversia chismográfica—he aquí cómo distribuyo mi vida, desde que he dejado la política en segundo término, previendo lo que va á suceder.—Ni á tiros me hacen hablar ni escribir... Mi suegro me ha contado la historia de las anteriores crisis, sobre todo la que trajo la conversión al peso moneda corriente y el derrumbamiento del Banco Nacional.
—Haga una cosa. Si debe algo al Banco Nacional, trasládelo pronto al Banco garantido de su provincia; yo sé lo que le digo... Allí será más fácil arreglar...
Sin saber á qué podía corresponder aquel consejo, me apresuré á seguirlo, y al hacer esta permuta, que mi posición política me facilitó, supe que, con mi nombre ó el de otros, debía nada menos que cerca de un millón de pesos nacionales. Aunque mis propiedades de Los Sunchos y las de la capital de la provincia y campos vecinos, representaran entonces algo más de esa suma, me asusté, y fuí á consultar á Rozsahegy, seguro de que se había equivocado y me había hecho cometer un desatino.
—Creo—le dije,—que siendo yo rico, y Eulalia también, Eulalia debe ayudarme á consolidar mi fortuna, tanto más cuanto que ella no pierde un centavo. En su nombre, pues, vengo á pedirle que sanee mis propiedades, pagando mi deuda al Banco de la provincia.
—Usted es muy muchacho—me replicó.—Yo no pago deudas de nadie que puede pagarlas. Á Eulalia no le faltará nada, ni hoy ni nunca, y, por lo tanto, á usted, sobre todo si no sigue haciendo sonseras y jugando hasta la camisa. Y deje estar, ya le he dicho: nadie se ha de llevar sus tierras, mientras que viva Rozsahegy.
—Debo cerca de un millón.
—Eso es una porquería. No hay un allegado al Presidente ni siquiera á un Gobernador de provincia que no deba otro tanto. ¿Y vos creés que los van á matar? ¡Se acabaría el país!... ¡Eh, nadie se muere de deudas!...
Y, paternal, agregó:
—Eulalia tendrá cuanto necesite. Vos podés seguir haciendo negocios para tus «farras». Yo no me meto en eso. Pero, en el momento oportuno, ya sabré cómo ayudarte. ¡Eso sí! no venda sus tierras, porque entonces ya no hay defensa.
—El «gringo» sabe lo que se pesca—pensé,—y lo mejor es hacer negocitos.