Era todavía, en sus últimos boqueos, el tiempo llamado de las «coimas». Ganar algún dinero no me costaba más trabajo que el de leer un memorándum presentado por algún postulante de concesión, y repetirlo en otra forma en el recinto de la Cámara. Estos memorandums solían estar tan bien hechos, que afirmaban mi reputación de orador enciclopedista, sin comprometerme como político. Podía hacérseme, por el mismo procedimiento, una competencia mortal, pero, pese á mi modestia, diré que yo presentaba aquello con elocuencia y con éxito, sobre todo porque entre los colegas habíamos establecido un convenio tácito, y nos dábamos mutua y alternativamente el voto.

Mis «bohemios» oficialistas y opositores no veían más que fuego, como dicen los franceses, y los primeros, obedeciendo á mi consigna, no me ponían nunca muy de relieve, mientras que lo segundos, conquistados, cargaban la romana sobre otros, nunca sobre mí, y estaban (unos y otros) tanto más conformes conmigo cuanto que no me daban notoriedad. Los correligionarios hablaban de Mauricio con mesura y respeto; los opositores, dada mi insignificancia, cuando me nombraban solían—rara vez, pero solían—deslizar una palabra amable junto á mi nombre. También es cierto que nunca me opuse á un sablazo, ni negué una recomendación, ni dejé de aparentar que buscaba un puesto, ni hablé mal sino de los caídos, ni hablé bien sino de los notorios y momentáneamente «indiscutibles». Y los cuentos y comentarios me llegaban.

—Yo no tenía talento, pero era, en cambio, bondadoso; no tenía ilustración, pero era inteligente y receptivo; no tenía moralidad, pero era muy tolerante para los defectos ajenos; no tenía carácter, pero era incapaz de hacer daño á una mosca; no era altruista, pero no dejaría á nadie sin comer por hartarme yo.

Virtudes negativas, pero, al fin, virtudes.

Pero, pasemos. Tal era mi acción, la única que me interesaba para mantenerme en la posición debida: frecuentando la sociedad, por lo que podía darme, gracias sobre todo á las mujeres, haciendo pequeños «negocios» para poder vivir sin comprometer mi fortuna y con ella mi libertad de acción; entregándome á veces al placer, en forma que la plebe dogmática encuentra excesiva; presentándome como un elegante y un gran señor, sin exageración,—para no morirme de hastío en los momentos obligados de inercia, aparecía yo como un protector nato de las letras y las artes, que no me importan un pito, era el ídolo en los salones, el pico de oro en la Cámara, el instrumento admirable y admirado del Gobierno—á quien no servía,—y el hombre, en suma, capaz de ponerse, si quisiera, frente á frente de otro cualquiera, del más alto, del más popular, del más poderoso. Quédame esta fama, todavía; y si me queda es, precisamente, porque hasta ahora he rehuído el combate. Seré capaz de una acción decisiva, pero cuando la sienta de antemano decisiva, y todas las altiveces de la raza, todas las protestas de mis antepasados emancipadores, se reducen á la conquista del éxito. Á los abuelos les obligaron á ser yunque, y yo quiero y siempre quise ser martillo, aprovechando para ello nuestras mismas cualidades, diversamente encaminadas.

Eulalia se había resignado al papel de amiga. Á pesar de su familia, era, para mí, como una decoración, gracias á su admirable don de gentes. La llevaba al teatro, á alguno de esos «salones» curiosos que perduraban en Buenos Aires como confuso rasgo de unión entre la antigua sociedad y la que iba á nacer más tarde, muy libres, muy rastacueros, pero, en fin, lo único que entonces había. Era muy solicitada y muy cortejada. Á veces me pareció que las galanterías de algunos iban demasiado lejos, y que ella, sin embargo, las tomaba como moneda corriente. Pero no cuadra á Mauricio Gómez Herrera preocuparse de estos detalles, cuando cien cosas de mayor cuantía para sí y los suyos solicitan en todo instante su atención. Por otra parte, Eulalia era, ha sido y es fundamentalmente honesta—ó así me ha parecido, ¡y eso basta!...

¡Y cuando, en aquel entonces, planteaba en parte estos problemas psicológicos, siempre se me evocaba la imagen de María Blanco, y siempre refería las acciones de Eulalia á las que ella hubiera realizado! Y aunque Eulalia actuase como María hubiera podido actuar, siempre encontraba una superioridad en María, quién sabe por qué atávica preocupación, olvidando que mi mujer era toda una señora. Rozsahegy, Blanco: todo estribaba aquí: cuestión de pronunciación.

María, entretanto, estaba en Buenos Aires, y no se ocupaba para nada de mí. Llevaba, seguramente, una vida análoga á la de Teresa, y dedicaba á Vázquez ó á su deber, todo su tiempo y todo su pensamiento. No se la veía jamás en parte alguna. Vázquez deseaba hacer un viaje á Europa. Quería completar su educación y ver de cerca, en la realidad, lo que le habían mostrado los libros, sintiéndose capaz de ser útil á su tierra, no porque fuera á aprender más en el extranjero, sino por la mayor autoridad que una permanencia en el viejo mundo le daría. Imitando burlescamente aquello de Calderón de que «porque no sepas que sé que sabes flaquezas mías», observaba que, para ser eficaz, es preciso que los demás «sepan que uno sabe», ó lo supongan, que es lo mismo.

Una tarde, comentando la crónica del Congreso de los diarios de oposición, en la que se me trataba muy bien, llegué á decirle que despreciaba resueltamente á todos esos escritorzuelos, y que, cuando mucho, los toleraba. El romántico de Vázquez me contestó, animadamente:

—¿Los toleras? ¡Pero, tonto! ¿No ves que ellos son los únicos que hacen algo y que tienen el derecho de «tolerar»? ¡El más insignificante tiene mayores probabilidades que tú y que yo, de ser admirado y venerado por los que vienen!... Pobre consuelo, dirás. Pero es que ellos cobran su paga mental por adelantado, y no la descuentan para poder enorgullecerse aún más de sí mismos... Están bien convencidos de ser lo que son, mientras que nosotros no sabemos lo que somos.