—Sí.

—¿Á cuánto asciende?

—Con algunos intereses acumulados, ya le dije, á cerca de un millón de pesos.

—¿Con tu sola firma?

—La mayor parte. Hay unos doscientos cincuenta mil pesos, cuyas letras no he firmado yo. Pero se sabe...

—Eso no importa. Déjese estar. No se apure. No haga caso de nada. Sobre todo, no venda... Ahora viene el temporal y hay que tener mucha sangre fría, mucha...

—¿Usted también cree en la revolución?—dije, irónico.

Me miró con aire socarrón, sonriéndole los ojillos de cerdo.

—Yo más que nadie—contestó.—Esto no puede seguir así.

Comprendí que sabía más de lo que quería decir, y traté de sondarlo.