—Estoy seguro de que hasta ha dado dinero...

—¡Ésas son cuentas mías!—exclamó riendo más que antes.—La verdad es que cualquier cosa, ¿entiende? cualquier cosa es mejor que prolongar esta situación. Hay que liquidar. Esto es un loquero sin nombre; ya no hay desatino que no se haga, y se ha tocado demasiado á lo hondo el bolsillo de la gente.

—La revolución no triunfará. No hará más que consolidar el Gobierno.

—Puede que no triunfe. Hasta es casi seguro, porque la harán gentes muy distintas. Pero el Gobierno no podrá consolidarse, sino en calidad de Gobierno; es decir, quedando como es, pero variando de hombres y de procederes.

—¡Qué curioso!

—Será lo que te parezca. Pero, ¿quieres un consejo, Mauricio, para completar los otros, que son salvadores?

—Venga el consejo.

—«Andate» de Buenos Aires. Eulalia está delicada, el invierno amenaza ser crudo. Llévatela á un rincón del Norte, ó á Río de Janeiro, si prefieres la ciudad al campo, y espera los sucesos.

—No puedo. Tengo compromisos. Por mucho que justificara mi ausencia, sería una deserción. Me quedaré aquí, á pie firme.