—¡Compromete su porvenir!

—No crea viejito. Tengo uñas para salir del paso. Ya verá. ¡Y nadie podrá decir nunca que Mauricio Gómez Herrera es un traidor ni un cobarde!

XII

La revolución estalló, porque al pueblo no le quedaba un centavo ni crédito con qué substituirlo. Yo era ya, oportunamente, en aquel momento, una «persona formal» porque había logrado que nadie se ocupara de mí. Y en la difícil emergencia, me dije:

—Hay que prepararse á echar piel nueva. Callemos como muertos y veamos venir. Yo no hago nada malo. La política es una serie de accidentes en los que uno debe «poder ser útil ó utilizable», y demostrarlo, aunque sea de un modo pasivo. La sociedad dice: Sé rico, ten influencia, y triunfarás. La religión actual dice lo mismo, exigiendo, como la sociedad, que se le guarden las formas. Yo soy rico, ó mejor dicho, tengo todas las probabilidades y todas las apariencias de tal. Soy rico por mi mujer, y rico por mí mismo, si es cierto lo que dice Rozsahegy. Tengo talento ó, lo que quizá sea preferible, el don de saber vivir. La cuestión es no destruirse á los treinta y cinco años. Este período ha sido un gran gastador de jóvenes. Todavía puedo ser un hombre nuevo, y muchos de nuestros próceres no habían despuntado aún á los cuarenta años. ¿Quién me dice?...

Pero quise cerrar con broche de oro este largo capítulo de mi vida, mostrándome fiel, si no á mis principios, á mis amistades y vinculaciones, y en cuanto estalló la revolución fuí de los primeros en rodear al Presidente, mientras que los sublevados, contemporizadores, se encerraban en la plaza del Parque y formaban cantones en los alrededores, dedicándose á matar vigilantes para satisfacer una necesidad de venganza contra la autoridad ó sus símbolos.

—Es un motín militar—me dijo el Presidente, dándome un instante de atención, en medio de la turba azorada de palaciegos que le rodeaba.—Pero el ejército fiel no tardará en reducir á los revoltosos.

—Es mi convicción—dije.—Y si puedo ser útil en algo... Ya sabe usted que se debe contar conmigo.

—¡Gracias! ¡Ya sé, ya sé!...

Otros lo rodeaban, acaparando su atención, y mareándolo por completo. Él veía la montaña que se le venía encima, pero demostraba entereza y confianza. No era el pusilánime que sus enemigos han querido presentar: iluso, sí, como lo probaron más tarde las circunstancias, dando razón á mi suegro; pero quizá no hubiera sido tan iluso, si aquéllos que lo rodeaban hubiesen tenido un poco más de sentido común y un poco menos de adulonería. En suma, los dados estaban tirados, y era preciso mostrarse buen jugador, sin cobardías ni desplantes. Es lo que hizo, pues no habló de ir á ponerse personalmente al frente de sus tropas, ni tampoco de huir como una rata de una casa incendiada. Pensé que se amoldaba, como yo, á las circunstancias que lo habían llevado tan alto, y que sabría esperar otras, en caso de derrota.