No era esta tranquilidad patrimonio de todos. Pepe Serna, por ejemplo, gritaba jurando que había que poner á raya á los revoltosos y darles en seguida una fiera lección, sin suponer por un momento, en su inconsciencia, que aquello se caía á pedazos. Otros, al contrario, se agarraban la cabeza, como si el cataclismo que presenciaban fuera el anuncio del juicio final. Recuerdo un juez que, tragando saliva para parecer completamente tranquilo, preguntaba de grupo en grupo, después de una torpe entrada en materia, un «á propósito» tirado por los cabellos:
—¿Cree usted que si la revolución triunfa habrá juicios políticos? Nuestra historia revolucionaria los repugna, y generalmente, la más amplia amnistía...
No le hacían caso, como diciéndole «ve á hacerte ahorcar en otra parte», y, en efecto, sólo años más tarde cayó como un vulgar pillastre, en un asunto de aprovechamiento de ajenas falsificaciones...
El hombre que más me interesaba era el presunto candidato á Presidente de la República. Pasó varias veces frente á mí, dueño de sí mismo, habiendo medido ya todas las posibilidades que se le presentaban, porque tenía talento. Era el que jugaba más fuerte en la partida, y hubiera pagado por saber el desarrollo de sus pensamientos íntimos, pero aunque reinara entre nosotros cierta antigua y aparente intimidad, no era aquél el momento de pedirle una confesión sincera.
—¿Qué me dice de todo esto, doctor?—le pregunté, sin embargo, estrechándole la mano.
—Que la revolución está vencida, nada más. Es una revolución inerte...
Pero sus ojos negros se perdían, mirando en lo futuro quién sabe qué ostracismos, y en su cara pálida, de un tono amarillento, encuadrada por la barba castaño obscuro y el abundante cabello lacio de músico, había una expresión ascética de angustia aceptada. ¿Veíase ya, en lo porvenir, chivo emisario de todos los pecados de aquel fugaz momento histórico? Después de mí, aquél era el personaje que más simpatía me inspiraba; pero dominé mi sentimentalismo, y dejé en mi interior toda manifestación comprometedora, pensando: Si tú también ves las cosas tan mal paradas, hijito, ¿qué quieres que le haga yo? No puedo ser más papista que el Papa...
Mi estudiada mesura en aquellas circunstancias me condujo adonde debía conducirme. El Presidente estaba demasiado obcecado para ocuparse de mí sino como yo quería: hasta saber que yo no lo había abandonado, nada más. Los seguros de triunfar me encontraban demasiado tibio para enredarme en sus ensueños... Los temerosos de la derrota me veían demasiado partidario de la situación para invitarme á buscar otra cosa... Los sensatos pensaban, probablemente, como yo... De modo que fuí una entidad al propio tiempo apreciable y desdeñable para todos: que era lo que se quería demostrar.
Volví todos los días á presentarme al Presidente, hasta que la revolución, viéndose vencida, capituló. Entonces, me retiré á mi casa. Sólo había sufrido una que otra pulla, sobre mi inactividad.
—Aquí no estamos en mi provincia—repliqué,—y esto es una cuestión militar. No quiero hacer de mosca de la fábula, y complicar la cosa so pretexto de simplificarla. Que el que manda me mande, y yo obedeceré.