—En fin, tú debías comprender que el Gobierno no marchaba, como se ha dicho en el mismo Congreso, hechura del Presidente, en ese Congreso que tendría que cambiarse antes de aplaudir el «nuevo orden de cosas», que no existe. Ayudarlo era ayudar tu interés no tus principios.
—¿Principios? ¡Tú lo has dicho! En estos pueblos adolescentes hay que mantener á todo trance... «el principio de autoridad».
Y la discusión no hubiera podido terminar nunca, mientras que con Eulalia tuvo el más grato de los desenlaces: sentirse amado y admirado por una mujer nada vulgar, es siempre el mejor de los desenlaces, cuando éste se desarrolla en una casa con todo el confort moderno, y donde no falta ni lo superfluo siquiera.
Y en la nuestra no faltaba. Rozsahegy daba á Eulalia cuanto podía necesitar. Yo tenía mi dieta, y como al despilfarro de los años anteriores había sucedido una modestia franciscana, porque muchos lo habían perdido todo y otros trataban de ocultarlo todo, aquello y la poca renta que me llegaba de Los Sunchos y de la provincia (el sueldecito de marras), me bastaban y aun sobraban para vivir bien, frecuentar el Club, jugar mi amena partida de póker, y hacer nuevas deudas, no muy graves, dada la modestia de los tiempos. Lo único que solía molestarme (¡oh, en idea solamente!), era mi compromiso con los Bancos, ó, más bien dicho, con el Banco Provincial.
Llegó la hora en que las autoridades se ocuparían de liquidar y de imponer la liquidación.
Esta vez, mi suegro no me llamó, sino que fué á verme.
—Has de darme un poder general para administrar tus bienes...
—¡Oh, don Estanislao! Bien puedo hacerlo yo, como hasta aquí.
—No, no es lo mismo. Usted es muy sonso. Y además se necesita dinero contante.
Le di el poder. Hizo maravillas. Descartó cuantas letras estaban firmadas por testaferros, disminuyendo así notablemente mi deuda. Cedió á los Bancos, en pago, las tierras y propiedades de dudoso porvenir, y adelantándome, en suma, unos ciento cincuenta mil pesos, me hizo propietario de un millón por la parte baja.