—Estos ciento cincuenta mil pesos, que me han servido para pagar certificados de depósito (la plata de los unos para los otros, ¡siempre así! pero plata anónima), los va á recuperar duplicando como ganancia lo que importaba la deuda. Dentro de pocos años usted tendrá dos ó tres millones.

El pobre Vázquez vendía, entretanto, todos sus bienes para pagar á sus acreedores, porque no tenía un liquidador como Rozsahegy. La baja de los precios era tal, que, valiendo una fortuna, mi suegro los adquirió por sesenta mil pesos, prometiéndome cederlos á Eulalia por el mismo precio en cuanto yo quisiera, por medio de una escritura privada. Y me dijo:

—Te «quecabas» que yo no daba dote á Eulalia. Aquí «tenés» tres millones, por lo menos... Y no hay que apurarse. Si no «hacés» locuras, lo que «ganás» y lo que le doy á tu mujer, bastará suficiente... Ahora... cuando yo me «muero», es otra cosa.

Pero ni siquiera deseo que se muera mi suegro, pese á la herencia incalculable. La fortuna de don Estanislao ha sido más fortuna para mí, precisamente porque nunca la he tenido al alcance de mi mano, cuando todo el mundo la cree «mía». El crédito es inagotable...

XIII

Vázquez, como muchos otros, quedó completamente arruinado, y ahora me consta que no pudo pagar á todos sus acreedores, sino algún tiempo más tarde, y eso, gracias á mí, después de haber sufrido las consecuencias de su imprevisión ó de no tener un suegro como el mío, sino, apenas, como el ingenuo don Evaristo Blanco, hidalgo provincial, incapaz de negocios.

Fué á verme, y recordándome el viejo préstamo, me preguntó cómo andaba de dinero.

—Mal—le dije.—Con estas cosas, los pesos andan á caballo. Tenemos apenas lo estrictamente necesario. Hay que capear el temporal.

—Naturalmente—replicó, pensativo.—Por disminuir una desgracia no hay que hacer mayores dos desgracias. Á mí eso no me empeora...