—Un hombre de tu mérito...
—Mi mérito es nulo.
—¿Por qué?
—Porque no puedo amoldarme á las circunstancias, ni servir á nadie, ni ser mi propio instrumento. Me sueño pintor, escultor, herrero, ebanista, y, en último caso, labrador ó pastor. ¡Ah, Mauricio, si todo el mundo fuera como tú!...
¿Es amargo esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abriéndose camino á costa de los otros por la fuerza, por la astucia ó por ambas cosas á la vez.
Pero María me preocupaba tanto en aquel momento, que acabé por preguntar:
—¿Y tu señora?
—Está indispuesta. Desde que se inició este drama en que tú vienes á ser mi salvador, duda de todo el mundo, y ¡lo que son las mujeres! ésta, tan inteligente, tan aguda, tan fina, no quiere rendirse á la evidencia, y hasta sospecha de...
Se detuvo, como no queriendo decir la enormidad que adiviné, y que descubrí preguntando afirmativamente: