—¡Y tan seguro!
De la Espada se puso al corriente de todo esto. Creo que corrió á los diarios que malquerían á Vázquez. El hecho es que, veladamente, algunos dieron aquella misma tarde la noticia de un grave escándalo en que estaba implicado un candidato á ministro plenipotenciario, añadiendo datos inequívocos de que se trataba de Vázquez. Sentí un movimiento de temor, de repugnancia ó de arrepentimiento, recordando uno ó dos dramas á que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de algunos ilusos, pero me tranquilicé inmediatamente, porque no había hecho más que favorecer la lógica de los hechos, separando de ellos la parte romántica y, por lo tanto, enfermiza. ¿Quién llamaba á Eulalia? Yo no tenía el dinero... ¿Por qué imponerme que cambiara el rumbo de las circunstancias? Y además, yo estaba resuelto á pagar, y el honor de Vázquez siempre quedaba á salvo. El honor sí; pero, ¿y el puesto? ¡Vamos! ¡como si el puesto no me correspondiera!
El Presidente era meticuloso y bastó aquel boceto de escándalo para que hiciera encarpetar la credencial de Vázquez, mezclado á un mal asunto de crédito de la época todavía execrada y no bastante maldecida.
El miércoles me presenté en casa de Vázquez y le di los veinte mil pesos.
—¡Aun con esto estoy arruinado!—sollozó.
—No creas. Ve á ver á mi suegro. Yo he hablado con él. Rozsahegy está seguro de recoger esas malhadadas letras con cinco ó diez mil pesos cuando más. Es un «chantage». No tengas escrúpulos.
—No lo haré. Me importa poco. Me voy al campo á trabajar. Es lo que me aconseja María.
¡María! Sentí de pronto el áspero deseo de verla, de hablar con ella, y prolongué la conversación con la esperanza de conseguirlo.
—Irse al campo es inútil sin capital, sin una estancia. ¿Qué harás?
—Poco me importa.