Se quedó boquiabierto. Yo continué, blandamente, con la serenidad que me daba mi experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez:
—Y si usted hubiera consultado ese artículo con su mamá, con doña Teresa, no lo hubiera escrito nunca, ó no lo hubiera publicado... Somos amigos... amigos íntimos con su mamá... desde la infancia... y después...
—Eso no impide...
—Pregúntele á ella...
—La razón se sobrepone á los afectos, y las épocas tienen sus exigencias.
—El deber no cambia.
—¿Quiere decir?—gritó.
—¡Silencio!
Me levanté, y dije reposadamente, mientras pagaba al mozo:
—Habla con Teresa, Mauricio.