Un relámpago de inspiración me iluminó haciéndome recordar lo que había oído de la grandeza de nuestro país, y contesté, resuelta, categóricamente:

—¡La República Argentina!

Los tres se echaron á reir, Orlandi, alzando los bigotes de tinta, don Néstor, estirando de oreja á oreja la gruesa boca húmeda, don Prilidiano con un ¡je, je, je! seco y sonoro como el choque de dos tablas. Me desconcerté y una ola de sangre me subió á la cara. Don Néstor acudió en mi auxilio, diciendo entrecortadamente:

—No es del todo exacto... pero siempre es bueno ser patriota... ¿No aprenden geografía en la escuela de Los Sunchos?... ¡Está bueno!...

Hice ademán de levantarme, considerando terminado el martirio con la muerte moral; pero el latinista me detuvo, haciéndome esta pregunta fulminante:

—¿Cuál es la función del verbo?

Medio de pie, con la mano derecha apoyada en el respaldar de la silla, clavé en él los ojos espantados y balbucí:

—¡Yo... yo no la he visto nunca!

La ira de don Prilidiano quedó sofocada por las carcajadas homéricas de los otros dos, entre cuyos estallidos oí que don Néstor repetía: