—¡Está bien, siéntese! ¡Está bien, siéntese!
Completamente cortado volví á sentarme en el banquillo, diciéndome que aquella tortura no acabaría sino con mi muerte, material esta vez; pero el rector acertó á contenerse y me dijo más claro, con burlona bondad:
—No, no. Vaya á su asiento. Vaya á su asiento.
Los oídos me zumbaban, pero, al pasar junto á los bancos, parecióme oir: «Es un burro», y pensé en huir sin detenerme, hasta Los Sunchos, pero no tuve fuerzas. Caí desplomado en mi asiento. ¡Cómo se habían reído de mí profesores y alumnos! ¡de mí, de quien, en mi pueblo, no se había atrevido nadie á reirse, de mí, de Mauricio Gómez Herrera!...
IX
Como era lógico—aunque ahora quizá no lo parezca,—entré á cursar el primer año del Colegio Nacional, y con este favor empezó el primer calvario de mi vida, quizás el único hasta hoy.
En cuanto supo que «había pasado», tatita se volvió á Los Sunchos, dejándome en poder de los Zapata, cuyos procedimientos resultaron ¡ay! muy otros que los de mis padres, y cuyo seco rigor era la antítesis de la tolerancia cariñosa ó servil á que estaba acostumbrado. En un principio, traté de rebelarme contra esta tiranía sobre todo contra la de misia Gertrudis; pero mis esfuerzos se estrellaron en su carácter inflexible, que pocas veces trataba de disimular bajo una apariencia dulzona.
—¡Es por tu bien!—me decía, después de arrancarme á las más inocentes diversiones.—¿Qué diría tu padre, si te dejáramos hacer lo que quisieras, y perder el tiempo á tu antojo?
—Tatita—replicaba yo airado,—no me ha tenido nunca encerrado como un preso, y no me perseguía como usted.
—¡Es por tu bien, te repito! Y, además, seguimos las instrucciones del mismo don Fernando. Acuérdate de que, cuando don Néstor le dijo que, si no estudiaba mucho, te quedarías en primer año, tu padre me recomendó: «Átemelo á soga corta, misia Gertrudis. ¡Téngamelo en un puño!» ¡Ni más ni menos! ¡Y... basta de discusión!