—¡Así me gusta! ¡Estás muy estudioso!—decía misia Gertrudis, no sin sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi de madrugada.—Si seguís así, un día de estos te vamos á llevar al «Mojarral».

—¡Sí! Pero que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!

En fin, un martes por la noche deposité una maletita con parte de mi ropa en el fondo de la huerta, que daba á una calle excusada, y en un rincón de donde podría sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté, en seguida, pero no me fué posible dormir: la fiebre me devoraba, considerábame libre ya, y renacía en mí el muchacho inventivo y resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo vengarme de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza, jurándome, sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como, apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían descubierto, resolví levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque misia Gertrudis gritó de pronto:

—¿Quién anda ahí?

Volví á meterme en cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba á su vez precipitadamente, encendía luz, se asomaba á mi cuarto y luego salía al patio á hacer una ronda extraordinaria.

—¡Esta es la mía!—me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande amiga, la oportunidad.

Y precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis—don Claudio tenía cuarto aparte,—tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus magníficas trenzas castañas, que sólo se ataba á la cabeza una vez terminadas las faenas matinales. ¿Qué iba á hacer con ellas? No lo sabía ni me importaba por el momento.

Amaneció poco después, sin que misia Gertrudis volviera de su inspección, y yo salí, como de costumbre, con el libro en la mano. La vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corrí á la huerta, tiré en el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que los «cuchis» se encargarían de devorar ó destrozar, por lo menos, como un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por las calles solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fuí al boliche del Poste Blanco, á esperar la galera de Los Sunchos que ya estaría por llegar. En efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados. El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron á tomar su segunda «mañanita», de caña pura, caña con limonada ó ginebra, sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y á recoger encomiendas, correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.

Contreras, que como miembro conspicuo de la población flotante de Los Sunchos, me conocía como á sus manos, y respetaba á tatita, á quien, según ya dije, servía de correo especial y de informante celoso, me hizo la mejor acogida, no se metió en indiscretas averiguaciones á propósito de mi presencia allí, y me dispensó el señalado honor de invitarme á que lo acompañara en el pescante, mientras ponía él mismo mi valija en la imperial. Cuando hice mención de pagar el pasaje, rechazó el dinero.

—Ya me pagará don Fernando.