¡Si yo hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la zapatil mazmorra!
Charlando durante el viaje, y animado por alguna libación en las postas, con la falta de reserva que caracteriza á la petulancia infantil, y que no había corregido del todo, todavía, pese á la inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté por lo largo á Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no podía aguantar más». Sobresaltóse el buen paisano en un principio, pensando en sus responsabilidades, y ya iba á arrepentirme de mi desmedida confianza, cuando reaccionó, echóse á reir á carcajadas, y, haciendo restallar su largo látigo, exclamó:
—¡Hijo é tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!
Se rió mucho más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se la merecía la «perra vieja» aquella, y después, como hombre ducho, me aconsejó que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre, porque las madres son siempre las «mejores tapaderas» para los hijos, y porque «hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando». Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, á corta distancia de casa, guardó la maleta para enviármela más tarde, y me estrechó campechanamente la mano con la suya, como papel de lija, diciéndome:
—Y ahora, compadre, bajesé y vaya corriendo á su mamá, que es la única que tendrá lástima de sus penurias... Dígale que aquí, como en cualquiera otra parte puede «hacerse hombre».
¡Hacerse hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé inmóvil, alelado, entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la ciudad, el Colegio, doña Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno, como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en mi teatro, y aunque receloso de lo que iba á ocurrir, me sentía con más valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo, en fin!
X
Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó á llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y frases de cariño. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada como estaba por los hombres y las cosas, y que sólo se desahogaba en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por la superstición, ó mejor dicho, por una especie de iconolatría quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos de mi regreso—que adivinaba perfectamente,—y se condolió de mis padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover á otra que mi madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.
—¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre mi hijo!—exclamaba.—Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que tienes razón.
Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento: