—No tengas miedo. No le voy á hacer nada. Pero, en cuanto á lo otro, ¡no hay tu tía! ¡Irá á la ciudad, y más pronto que ligero!

—No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!

Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me lo juré á mí mismo. Á decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.

Hubo un largo silencio.

—¡Bueno! ¡Ahora, á comer!—ordenó tatita, por fin, calmado ya.

La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras, asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el asado de tira con ensalada de lechuga—aún me parece verlo en la fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando todavía,—mi padre me preguntó con tono natural:

—¿Y cómo ha sido eso?

Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina clarividencia, inventándolos á veces. Y, por último, indignado de veras, exclamé:

—Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...

¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva? Sea quien sea, dijo una gran verdad.