Tatita se sintió herido en su amor propio ó encontró aquella coyuntura favorable para hacer una diversión y encaminarse á sus verdaderos propósitos. El caso es que vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué que había tomado el buen rumbo.

—¡No respetan á nadie!—agregué.—Para ellos todo es cuestión de suerte y de favoritismo, y los más ricos y los que pueden más, no son más que unos busca vidas.

—¡Hum, hum!—hizo tatita, receloso.—¿Han hablado de mí?

—¡Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada. Pero, como hablan pestes de todos los amigos...

—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada más!—interrumpió, mal engestado.

—¿No te parece, Fernando—dijo mamita después de una pausa,—que este muchacho debería irse á acostar? Con el viaje de hoy, y las aflicciones, si tiene que salir mañana temprano, se nos va á enfermar...

—Es posible.

Mamá insistió?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante ya tenía fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían? ¿No sería mejor dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta de la galera, por ejemplo?

—Bueno—contestó, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.—Irá en el otro viaje, ¡pero eso, sin remisión!