—¡No iré nunca!—pensé.
—Voy á escribir á don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo disculpas á misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.
—¡No me ha de perdonar!—murmuré.
—¿Por qué? Al fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.
No pude menos que sonreirme.
—¿Ó has hecho algo más, que no sabemos todavía?
Conociendo el carácter de tatita, no vacilé en contarle la travesura de las trenzas, pero traté de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos, la pretensión ridícula de su coquetería senil, tan contraria á la beatería, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando agregué que los cerdos se habían precipitado, en el chiquero, á devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su cabellera, tatita rompió á reir á carcajadas, echándose hacia atrás en su sillón, como si estuviera asistiendo á la escena más cómica de su vida. Estaba derrotado...
Poco rato después, me fuí, en apariencia, á dormir, pero en realidad me quedé atisbando para ver si tatita escribía á los Zapata, con esa incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: «esto sucederá y no otra cosa». No escribió, naturalmente, porque no era hombre de pedir disculpas á nadie, por nada de este mundo; en cambio, adiviné que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad, primero con mamita, después con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fué á casa en procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqué al comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto á creer que los Zapata habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos criollos son amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y á mí se me había transplantado violentamente de la independencia casi total á una especie de encarcelamiento.
—Pero, así y todo—terminó,—es preciso que se haga hombre, ¿no es cierto, misia María?...
Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos se fueron al club, consideré que cualquier cosa era mejor que meterme como un tonto en cama, y sin pedir permiso á nadie, me escabullí en busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me había hecho pensar en Teresa, pero esta evocación quedó muy en segundo término, siendo lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin embargo, al salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles objeciones de mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de enfrente.