Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba á la reja, segura de que iría á conversar con ella ó temerosa de que no la recordara—caben ambas interpretaciones en el determinismo femenil.

Al sentirla allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos, vuelto á la vida de antes, corrí á la ventana á saludar en ella toda la poesía erótico-sentimental que encarnaba para mí. Á mis transportes, al propio tiempo ingenuos y perversos, respondió la niña con una emoción intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba más con los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor, me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuían, pronto á ser Otelo ó Marco-Antonio, Don Juan ó Marsilla. La dije—y en aquel momento yo mismo lo creía,—que había vuelto á Los Sunchos, despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir lejos de ella.

Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendió como una flor los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.

XI

Como mi fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente, observé á Teresa que podrían sorprendernos y que no quería enojar más á tatita, para quien estaba en cama desde hacía mucho. Minutos después entraba en el Café de la Esperanza, buscando á mis amigos, y la casualidad quiso que papá estuviera allí, jugando á la treinta y una ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su partida tranquilamente. Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo que todos los anteriores. ¡Adiós los Zapata!

Salí con mi pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar nuestras diversiones. Los camaradas me habían recibido con grandes muestras de alegría y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el trinquete de la Zorrita, la más memorable de las fiestas, continuada en el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa, que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la ciudad.

Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuidé completamente la parte seria de las cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia que podía fallar por causas exteriores y transitorias, escribí á mi padre una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban las indirectas lecciones zapatiles. Decíale que, dado mi carácter, tan análogo al suyo—cosa de que me enorgullecía,—la corrección de mi conducta dependía precisamente de la mayor ó menor amplitud de mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que, desconociendo su valor, abusan de ella hasta perderla. Á mí, como á él, sin duda, la sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos aún pensamientos), había sido hasta entonces más que suficiente para hacerme cumplir con mi deber, y no valía la pena—antes bien era un error,—cambiarla por un despotismo de extraños que me impulsaba necesariamente á la rebelión... Todo esto salvo su mejor parecer...

Ni la sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó así. Además, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan para los padres una revelación y un encanto, si no están corroídos por el cáncer de la crítica. Y notable efecto produjo la mía en tatita. Inmediatamente escribió á los Zapata, diciéndoles que «por razones de salud» yo no volvería á la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les había faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero antes me había arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para presentarme á fin de año como «libre» en los exámenes.

—Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya, podrás pasar fácilmente. Si pasas, el año que viene te mandaré á la ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderéen, «como un hombre». Pero para eso hay que prometerme que te portarás bien.

—¡Sí, tatita! «¡como un hombre!»—juré, pensando para mis adentros que los hombres suelen no portarse bien.