Llegada la época de los exámenes fuí á alojarme en la casa de huéspedes de la viuda de Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes, sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota un nombre de familia á veces venerable, por mercantilismo ó por necesidad—á falta de otro medio de subsistencia,—y que abundan en provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco, aquellos manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como á porfía de las reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque ni qué Auberge du Libre Échange! Para divertirse, allí, en la respetable pensión de la distinguida viuda del señor Calleja, sobrina de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos, me quedo en aquella Capua sórdida si se quiere, pero, en cambio, tan libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata... ¡Viva la libertad! y pasemos á otra cosa.
¿Á qué decir que me dejaron suspenso en varias materias—creo que cuatro de seis—y que en otras pasé por suerte ó por benevolencia de la mesa examinadora? ¿Para qué contar que el latinista don Prilidiano Méndez, después de otras preguntas, me invitó con alevosía y ensañamiento á que declinara el «quis vel qui», del que yo sólo sabía la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me importaba un ardite. Intuitivamente comprendía que ni en colegios ni en facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en nuestro país, los hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han sido autodidactas, «self made men», mientras que los rutinarios, los mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un pasaporte de complacencia...
Para desquitarme de los malos ratos que me había procurado el examen, ocurrióseme darle uno á misia Gertrudis, antes de volver á la aldea. No tenía que quebrarme mucho la cabeza para inventar una buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastaría para darle un soponcio, y con algunos requiebros como «¡Bicho feo! ¡Vieja mamarracho!» ú otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiaría quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces, á la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado aspecto de sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una nueva cabellera castaña más abundante y más juvenil que nunca.
—¡Bicho feo!—silbé.
Volvió los ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el «¡Vieja mamarracho!» no pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay Dios! ¡Tuve miedo y eché á correr! Es la primera y última vez que he sentido el pánico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...
Volví á Los Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo los pies en la ciudad, y ni siquiera fingí prepararme para los misericordiosos exámenes de marzo. No quería, no podía renunciar otra vez, ni por un momento, á mi individualidad, tan señalada en el pueblo y tan desvanecida é insignificante en aquel escenario. «Más vale cabeza de ratón que cola de león», como decía tatita.
Mamá se encargó de arreglar las cosas á medida de mis deseos, para tenerme definitivamente á su lado. Yo «quería trabajar, empezar á ganarme la vida». Era lo más fácil procurarme una ocupación, tarea ó empleo que me preparara prácticamente á la lucha por la existencia, ya que la teoría no era de mi agrado ni «me entraba en la cabeza», como afirmaba yo. Habló varias veces con tatita al respecto, y como me valí de Teresa para conquistar á don Higinio que, decididamente, ejercía gran influencia sobre mi destino, papá accedió sin muchas dificultades y diciéndose quizás que, como me dedicaría á la política que no exige sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era bueno, con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, á la primera insinuación me concedió un empleíto rentado que iría preparándome á más altas funciones.
Pocos días después, á principios de año, tomé posesión de mi empleo, y aquí comenzó mi vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era muy muchacho y poco inclinado á la observación, las oficinas de la Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, sin embargo, me fastidiaban profundamente. Á la media hora de estar en mi puesto, sentado á una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y escapaba á divertirme en otra parte. Sin embargo, á la larga, conocí el personal superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar á caballo desde niño de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, no sé si menos tosco ó más presuntuoso, gran comerciante también; el tesorero, don Ubaldo Miró, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin embargo, á llevar una vida casi suntuosa, gracias á su habilidad para el escamoteo y á la bondad benévola con que adelantaba los sueldos á los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios, uno de la intendencia—Joaquín Valdez—otro del Concejo—Rodolfo Martirena—que andaban siempre á caza de propinas, y que las provocaban deteniendo los expedientes todo el tiempo que podían y prolongando indefinidamente la tramitación de cualquier asunto que no interesara á los partidarios más caracterizados de la «situación».
Yo estaba adscripto á la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba nunca por mis ausencias, antes bien parecía invitarme á continuar aquella nueva especie de «rabona». Después, comprendí el por qué de su conducta: no quería testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se había quejado amargamente á su hermano de mi nombramiento intempestivo. Y es que cobraba de más á los ganaderos que enviaban animales, cueros ó lanas á otros departamentos, se robaba las estampillas que debían quedar obliteradas en el libro de guías, y hasta daba certificados falsos á los encubridores de los cuatreros, ganándose así buena parte de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la misma provincia, tenían fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo, y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente, para mis gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento.
En cuanto escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y los alrededores, á pie unas veces, pero, generalmente, á caballo, con algunos camaradas mayores, pero tan zánganos como yo, y persiguiendo á las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una especie de odio, primera manifestación, todavía desviada, de mi futura inclinación irresistible al bello sexo.