Ya iniciado en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo el mayoral, paisanito de diez y siete á diez y ocho años, diablo y atrevido como él sólo, con quien me había ligado estrechamente, me aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un término medio rústico y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».

Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi animales: un momento de vértigo, una violencia y se acabó. Á veces, continuaban algún tiempo, había hecho una conquista; pero, en la mayoría de los casos, se me huía después como á un enemigo. Teresa quedó relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi todos los días, al pasar.

Las otras ingenuas diversiones con los camaradas—excepción hecha de Marto,—comenzaron á parecerme, poco después, insulsas, parangonadas con la compañía de los empleados de la Municipalidad, mucho más entretenidos porque, siendo «más hombres», se pasaban el día en peso conversando de carreras, de riñas, de partidos de pelota, diciendo compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoríos más ó menos escabrosos, después de lo cual, como intervalo, salían á tomar el vermouth (mermú) á horas de almuerzo, y como final, al caer la tarde, hablando entonces magistralmente de política, y combinando el programa nocturno. Comencé á frecuentarlos, más interesado cada día. Jugábamos al billar, hasta que entraba la noche; comíamos en casa ó en el restaurant, á la disparada, y después nos reuníamos, ora aquí, ora allí, en la «timba» del Manco, en el establecimiento de Ilka, la polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que nadie entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las armas, ó en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar, alrededor de un tapete criollo ó bajo un emparrado polaco, no sólo á los camaradas, á los demás contemporáneos, sino también á toda la flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Sócrates á la cabeza. ¡Y dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro «páis», con Sócrates y todo!... En fin, á la madrugada nos íbamos á acostar, y yo gozaba de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento, reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para despertar, poco después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he tenido un flaco por los grandes espectáculos de la Naturaleza, y creo que si la política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el descriptor más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.

Pero no es posible repicar y andar en la procesión.

XII

Pocos años más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía muchísimo, fué el punto de arranque de una de las manifestaciones más significativas de mi vida.

Solía yo visitar de noche la redacción de «La Época», periódico semi oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven aventurero español, que respondía al sonoro nombre de Miguel de la Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese á los que le pagaban, y tipo común de todos los pueblos y ciudades de la República. La imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada á pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros de caja de la Administración, varias sillas de enea, una silla de baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes blanqueadas, llenas de telarañas y manchas de tinta y de mugre, cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras de papel, despegadas por las goteras... Aquello olía á humedad, á aceite, á petróleo. En la segunda habitación, obscura y mal ventilada, veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios; en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón. Allí reinaba de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios jóvenes situacionistas, á comentar la vida doméstica, social y política de Los Sunchos. Eran de oir las habladurías, chismes, críticas, difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas charlas, análisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los detalles faltantes eran substituídos con ventaja por otros, fruto de la imaginación de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada el «mentidero», no aventajaba en nada á la redacción de «La Época». Allí me inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia de todas las familias, supe las faltas de éstos, los errores de aquéllos, los delitos de los otros, aquilaté la virtud exigida de las mujeres y comencé á ver otro aspecto del mundo, quizás algo exagerado, quizás un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado á la realidad.

De la Espada era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de ojos pequeños, llorosos y casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito de cerdas, horrible, en fin, pero tan simpático merced á su gracia madrileña, á su picaresco pesimismo... Solía resumir las conversaciones por medio de sentencias que constituían todo un curso de enseñanza, la síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque flaquearan bastante en cuanto á originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto se podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director de periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):

—Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte á acercárseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.

Ó bien: