—Todos los hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.
Ó bien:
—Para llamar honrado á un hombre es preciso ponerlo en la mayor necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.
Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado á su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien á su juicio mejor que el marido. Ante su vista ó también ante su imaginación...
Estas doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas reservas, porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre hubiera faltado, ni aun soñando, á sus deberes. Pero esta excepción no alcanzaba, generalmente, á la madre de los demás, y pecaba por exceso de limitación. La sabiduría de de la Espada, se infiltraba, pues, en mí, y no había de tardar en ensayarla en la práctica de la vida.
Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta influencia en mi vida: iba á menudo á tomar mate con el viejo comisario don Sandalio Suárez, en la misma comisaría, interesándome en la organización de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen llegado á Los Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.
—Todas esas son camamas—contestaba don Sandalio.—Nadie descubre á los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te hablo, con todos mis años de policía, no he agarrado á ninguno, sino en fragante, por casualidad, ó porque, de sonso, se me entregó él mismo.
Me contaba sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias veces me invitó á acompañarle en sus pesquisas, en las que yo colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de una mujer, cuyo autor busqué por el buen método, averiguando á quién podría aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches después, un borracho se jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospecharía de él. Detenido é interrogado, supimos que había asesinado á la mujer por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando muy ebrio, al verla asomada á la puerta de su casa... Este fracaso no me desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir á los cuatreros que infestaban el departamento.
—¡Déjate de cuatreros!—exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi intención.—Si te metés en eso te va á salir la torta un pan! ¡El chasco que te darías si los descubrieses y supieses que eran don, y don, y otros que tampoco te quiero nombrar!
Pero dejemos la policía para seguir el hilo de mi historia.