Celebrábanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos españoles y adoptadas con entusiasmo por la población criolla: las Romerías. En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse tinglados, tiendas de lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisándose una aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en el pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buñuelos, cerveza, tortas fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran «carpa» de la Sociedad Española se instalaba un bazar de caridad, atendido por las niñas más conocidas del pueblo, y en el que se vendían, se remataban ó se rifaban mil «clavos» generosamente regalados por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía, como diversión, palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substituídos por la banda de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa» de la Sociedad, punto de reunión de la gente distinguida. Una atmósfera sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en las romerías, y embriagaba á todos, comenzando por la masa popular, para invadir poco á poco las capas superiores. Más capitosas que el carnaval, porque reunían á todo el mundo en un solo sitio, el contagio sexual era en ellas más rápido y avasallador; pero en la ingenuidad de las costumbres, esto no lo advertían sino el cura, que predicaba contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro viejo, cuyas observaciones se tomaban generalmente como una demostración de envidia de los que ya no pueden divertirse.
Aquel año fuí el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa propia, un poco porque ella halló manera de cautivarme con sus monadas, acercándoseme á cada rato, en un principio, con el pretexto de ofrecerme cedulillas de la rifa, ó artículos del bazar de Caridad. Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el baile para la «gente decente», en un tablado hecho á propósito junto á la «carpa» de la Sociedad; le di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus funciones de vendedora á través de la multitud acudida del pueblo y de las aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil ternezas que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.
—¡Pero eres un malo, un perverso!—me decía.—¡No te puedo creer! ¡Si me quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir á verme!
¿Era el cuarto de hora de de Espada d'aprés Rabelais? Así lo creí, pues le declaré que si no iba á verla era porque «me daba rabia» hablar con ella, habiendo gente delante, ó con una reja de por medio.
—Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar á gusto, yo iría á verte todas las noches.
—¡Pero eso está muy mal hecho!—exclamó.
¿Por qué? ¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos acostumbrados á andar juntos y solos, desde chicos? É insistí:
—No me digas que sí ni que no. Esta noche iré á la huerta. Si quieres, me esperas; si no estás, lo sentiré mucho y me volveré á casa...
Lo dije con un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga amenaza, tales que, vencida, me estrechó el brazo y me miró á los ojos con la vista turbia. Iría á la huerta, sin duda alguna.