Don Higinio, como es natural, había notado mis asiduidades y la actitud de Teresa, pero no les dió importancia, ó, más bien dicho, se felicitó, sin duda, de nuestro acuerdo, que debía conducirnos á la ejecución de sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.

—¡Ah, pícaro!—me dijo, golpeándome el hombro.—Ya te he visto de «temporada»... ¡Como ha de ser! Los muchachos se apuran á ocupar nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos á un lado...

Me reí, sin contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran mis planes, y diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco. ¡Cualquier día renuncio yo á mi libertad por una cosa que puedo obtener sin semejante sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa acudía á la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de allí en adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores, para no dar asidero á don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no tardarían en ser exigencias.

Teresa me aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que había en el fondo de la huerta. Un momento creí que estaba completamente á mi discreción, pero á la primera libertad que quise tomarme se levantó sin aspavientos, y separándose un paso de mí, me dijo con serenidad y blandura:

—No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy aquí. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos criaturas.

¡Sonsa! ¡Más que sonsa!

Había tanta tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado, sin acertar á decir palabra. La entrevista perdió para mí todo su encanto. ¿Quién la hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No lo sé, aunque me parece efecto de la educación, no de las lecciones paternas, sino de las charlas íntimas con las amigas que van revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el «cuarto de hora» no había sonado ó había pasado ya, pero, repuesto de la primera impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser más serio en adelante, no importunarla en otra cita que pedí para la siguiente noche.

—Sí, vendré. Pero tienes que jurarme que estarás quietito.

Le estreché la mano, y me fuí, rabiando conmigo mismo. Debía haber sido más audaz, debía... Y me puse á forjar para lo futuro planes de seducción análogos á los leídos en las novelas, recordando al propio tiempo el aforismo de de la Espada: «Para conquistar á una mujer desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. Á su tiempo maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el exigente se queda afeitado y sin visita». Pero me parecía que nuestros amores duraban ya tanto, tanto...