Y este fué el momento de gran emoción de que hablara de la Espada.
XIV
La muerte de tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos políticos de Los Sunchos, que había compartido con él. Era el caudillo único é indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los secretos del gobierno de la comuna, tenía á todas las autoridades como si dijéramos rendidas á discreción. Convencido de que tarde ó temprano me casaría con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos había dejado más deudas que bienes, que mamita era incapaz de salir del atolladero y que yo no sabría manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos dieran satisfacción.
—Yo conseguiré que se queden con la chacra y que puedan pagar á los acreedores por medio de una amortización, arrendando las tres cuartas partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el puchero, la ropa y los gastos menudos, no será difícil que el gobierno de la provincia pase una pensión á la viuda, y yo mismo iré á la ciudad á trabajar hasta conseguirla. Es lástima que Fernando haya muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrado, porque hubiera podido dejarles una fortunita. Pero, ¡no importa! Con todo, la chacra valdrá mucho á la vuelta de pocos años y podrás venderla muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mamá, entretanto, necesita muy poca cosa, «vos podés» manejarte con el sueldito de la Municipalidad, que ya te han aumentado dos ó tres veces, y lo principal es ir viviendo sin que los usureros les claven las uñas.
Se interrumpió, vaciló un poco, como si le costara lo que iba á decir, y agregó:
—¡Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mamá, nada más! Fernando tenía mucha confianza en mí, y con razón, porque siempre fuí muy su amigo... Temiendo que algún día pudieran obligarlo á vender la chacra en malas condiciones, me pidió que se la hipotecara con pacto de retroventa. Naturalmente, esto era «engaña-pichanga». Hicimos en la escribanía el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina, porque entre nosotros no había necesidad de semejante garantía. Esa carta debe estar entre los papeles del finado. Tráemela y te daré otra para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos á tu nombre y al de tu mamá, con las formalidades de la testamentaría, y así nadie podrá nunca meter el diente en lo único que les queda.
Se interrumpió, para añadir después, con una risita entre maliciosa y avergonzada:
—Todo esto no será muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las uñas que tiene, y á mí me parece que tu tata tenía mucha razón de no querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar á sus acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos cobres. Vos, por tu parte, como irás pagando, no tenés nada que echarte en cara...
Dimos á don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente nuestros asuntos. Arrendó parte de la chacra en buenas condiciones, obtuvo la pensión del gobierno de la provincia y otra del nacional para «la viuda é hijo de un guerrero del Paraguay», arregló con los acreedores exigiéndoles una importante quita y haciéndolos contentarse con una pequeña amortización anual—«del lobo un pelo», decía él,—de manera que, en vez de empeorar, nuestra situación mejoró, porque ya no estaba allí tatita, manirroto á quien ningún dinero daba abasto, y porque yo no me había acostumbrado todavía á tirar la plata, gracias á las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecían, y gracias, también, á que Teresa tenía aún la facultad de absorberme. En casa reinaba, pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegría si mamita, como la enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y áspero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, más silenciosa y solitaria que nunca.
—Pocos años de vida le quedan á misia María—murmuraba la gente al verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de antes, que, taciturna y resignada, tenía, sin embargo, manifestaciones simpáticas y amables para todos.