—¿Por qué te afliges tanto, mamita?—me atreví á decirla una vez.—Al fin y al cabo, tatita no te hacía tan feliz...
Me miró espantada, como si acabara de blasfemar, y exclamó:
—¡Mauricio! ¡Era tu padre!
La religión de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro sentimiento, sobre todo raciocinio.
Así fué pasando lenta y monótonamente el tiempo, hasta que don Inginio quiso un día complementar con un golpe maestro la magnífica ayuda que nos había prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto de «hacerme hombre».
Ocurrió que, en la lista de candidatos oficiales por nuestro departamento, figuraban dos ó tres que no eran, ni con mucho, de la devoción de las autoridades sunchalenses. Uno de ellos, sobre todo, Cirilo Gómez, ex vecino de Los Sunchos, y culpable de una grave indiscreción sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra pública, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que habían contagiado con su odio á don Sandalio Suárez, el comisario de policía. Los tres, saliéndose de madre, protestaron violentamente contra los proyectos electorales de sus jefes (las listas les llegaban siempre hechas de la ciudad, y ellos las hacían votar á ojos cerrados, obedeciendo al Gobernador) y declararon que no votarían jamás aquélla, si no era modificada de acuerdo con sus deseos, eliminando la candidatura ingrata de Cirilo Gómez; y, llegando en su indignación á la amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justísima exigencia, harían abstenerse á «sus amigos», dando el triunfo á la oposición que se envalentonaría enormemente con ese primer éxito que le caería de arriba...
Esto agitó hasta la convulsión al pacífico pueblo de Los Sunchos, desencadenando pasiones y ambiciones. En tan graves circunstancias, don Higinio asumió su papel de caudillo, predicó la moderación, el mantenimiento de la disciplina á todo trance, y se encargó de arreglar personalmente las cosas, de manera que todos quedaran satisfechos—todos menos el candidato que hoy llamaríamos boycoteado.—Iría á la ciudad, se pondría de acuerdo con los jefes del partido oficial, ¡hasta vería al Gobernador si era preciso! Le dieron plenos poderes, y, preparándose para el viaje y la campaña política, aquella misma noche me llamó:
—¡Muchacho!—me dijo.—Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando más que una «bolada» y lo que es ésta no me la quita nadie. Aunque todavía no tengás la edad, te vamos á hacer diputado. Así, como suena, diputado.
Me quedé estupefacto. En mis sueños más ambiciosos no me había atrevido á esperar semejante ganga, sino para muchos años después, y eso vagamente. De simple empleadillo de la Municipalidad—pues aunque el sueldo aumentado ya varias veces era crecido, no se me había dado función alguna, por la sencilla razón de que no la ejercería,—de simple empleadillo de la Municipalidad á diputado á la Legislatura de la provincia ¡era tan grande el salto!...
—¿De veras, don Higinio? ¿No me está «titeando»?—logré preguntar por fin.—¿Con qué títulos?...